El Vitral de Casavalle. Por Zelmira Crespi para El País.

Hace más de 38 años que un Papa no pisa suelo oriental. El Papa León XIV aceptó la invitación del cardenal Sturla y, entre tantos lugares posibles, eligió la cuenca de Casavalle para su único encuentro oficial con personas en situación de necesidad. Para explicar por qué, ACDE —la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa— invitó al padre Pablo Coimbra, párroco de Nuestra Señora de Guadalupe.

Cuántas cosas de la Iglesia no conocemos, y están ahí. Esta casa, por ejemplo, se dedica a darle una segunda vuelta a lo que significa ser dirigente de empresa: no desde el resultado, sino desde la responsabilidad de un cristiano que tiene en sus manos la dignidad de los que trabajan para él. Esa noche lo mostraron con su programa Liberados, que acompaña a quienes salen de la cárcel para que consigan un trabajo y un oficio. Un buen trabajo dignifica.

Escuché en un noticiero a un señor decir, muy serio, que el Papa en Casavalle era un mensaje sobre dónde está la verdadera necesidad de la Iglesia, y dudaba de que la Iglesia uruguaya lo entendiera. Conviene aclararle que el Papa va por consejo de la propia Iglesia uruguaya. En esas 550 hectáreas, donde viven entre 35.000 y 40.000 personas, trabajan 14 obras católicas que están ahí todos los días: acompañan, limpian, educan y alimentan sin parar. El primero fue el padre Cacho (Isidro Alonso), hoy en proceso de beatificación, que se fue a vivir al barrio como un vecino más. Nadie lo obligó ni lo nombró.

No dejemos de ver la imagen: el Papa, de túnica blanca, entrando a un lugar donde pocos se animan a entrar. Un barrio con muchas familias que sufren por el vicio, el crimen, la inseguridad y la falta de trabajo, y que no eligieron nada de eso. ¿Cómo puede ser que quiera caminar ahí? Porque la Iglesia busca la belleza que está oculta, y no busca lo mismo que busca el mundo. Es la misma imagen del día en que dejamos que Dios entre en nuestra miseria.

“Yo sé que Casavalle se ve como un lugar muy crítico, de mucha violencia, descuido y pobreza, pero también existe la familia, la lucha, la luz”, arrancó Coimbra. ¿Qué te gustaría que se comprenda del barrio? Hay una sola forma de conocerlo: entrar. Como con la Iglesia. Y usó la imagen de un vitral: por fuera parece opaco, apagado, con las gotas de la lluvia y el barro que trae el viento. Pero una vez que entrás, hay luz, colores y alegría. Hace falta una mirada que no se quede en lo que se ve por arriba, a las apuradas.

Adentro, la generosidad sorprende. Si un niño queda sin padres, o la madre lo deja por problemas de consumo, siempre hay una vecina que va y lo adopta con total naturalidad. Gente que ya la tiene complicada desde el vamos no se complica ni un minuto en complicarse por el prójimo. En un país donde más de uno de cada cuatro embarazos termina en un aborto —más de 11.000 por año— para no “complicarse”, Casavalle tiene una lección para darnos.

Donde había un basural, hoy está el salón Nuestra Señora del Rosario, con una canchita cercada al lado: los chicos salen del colegio, meriendan, juegan al fútbol, cenan y se van. En vivienda son tres programas, con materiales que el padre pide a las empresas: más de 90 mejoras de techos, pisos y baños; 22 casas nuevas de 50 m² de construcción tradicional, la número 23 en obra y la idea de llegar a 25 a fin de año; y los complejos de Familias de Guadalupe, uno de 12 viviendas en construcción y otro de 6 proyectado, donde las familias vigilan la obra, ponen el piso, cargan materiales y pintan. En la catequesis del barrio hay 200 chicos.

Hay ranchos que se prenden fuego de la nada. Un día un vecino murió electrocutado al colgarse del cable de UTE y hubo un apagón; esa noche, por el frío, varios hicieron fuego adentro y algunos ranchos se quemaron. “Todo eso en una misma jornada”, dice el padre con simpleza. Vivir colgado no es cosa de pobres: es que UTE no llega hasta esos barrios. Muchas familias querrían regularizar, pero UTE no llega adonde llega Dios.

Con la pobreza real, explica, hay que ser una pastoral del instante: “Nos gusta planificar, saber qué va a pasar y cómo medirlo. Pero en el barrio uno aprende que una palabra, una bendición, en ese instante, vale más que cualquier cosa planeada”. Un chico que consumía droga entró a la parroquia en un momento de lucidez y le pidió unas palabras; al día siguiente lo volvió a ver tirado en la cuneta. Mucha gente pensaría que no valió la pena. El padre sonríe, señala con el dedo para arriba y dice: “No estoy perdiendo el tiempo. Ni él ni yo: estamos construyendo Cielo”.

Coimbra contó la historia de una señora que no salía de su casa. Había una montaña de basura en una esquina y le habían dicho que ella no quería saber nada de Dios. Pasó un par de veces y era como si no lo escuchara ni lo viera. Hasta que el padre les pidió una mano a unos muchachos del barrio y le sacaron toda la basura. Y ahí se despertó. Le cambió la cara. Se sintió amada. Desde entonces mantiene su rancho ordenado.

Ahí está la lección, y no es solo para Casavalle. Todos necesitamos ser alguien para alguien. Coimbra lo aprendió viviendo entre los que nadie mira, y vale lo mismo adentro del barrio que afuera: en una oficina, en una empresa, en una casa. ¿Para qué estamos acá? No para acumular, ni para que la vida cierre prolija. Para que alguien sea mirado, escuchado, considerado digno. Eso es lo que le da trascendencia a una vida, esté donde esté.

Para el mundo de la empresa, Casavalle enseña que toda revolución robótica va a revalorizar lo humano, y que una empresa ayuda como ayuda siempre: generando trabajo. Verla solo como un lugar que genera capital es una visión corta.

Me fui de ACDE con una sola palabra palpitando en el corazón: entrar. Entrar, comprometerse y dejar que la visión se acomode hasta descubrir cómo pasa la luz a través del vitral de colores. ¿Qué es más fácil: enseñarle a una persona a pescar, o enseñarle a amar? A lo primero me anoto. Lo segundo, solo Dios.

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